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UNA COLORADA (vale más que cien descoloridas)

Lilia Cisneros Luján

Morir por fuego

23 de febrero de 2015

Cuando escuchamos de personas lesionadas y algunas muertas por fuego derivado de explosiones de gas -licuado -como el ocurrido en un hospital de Cuajimalpa aunque también gas natural cuyas tuberías son perforadas por empresas de pavimentación, agua o drenaje- además del morbo que nos amarra al noticiero para saber quien es el culpable, como se les va a sancionar, cuales son los héroes etc. parecería que el pensamiento generalizado se inclina a juzgar y condenar por igual a la empresa –de ricos que pagan mal a sus empleados, no los capacitan y les importa poco el servicio- los gobernantes que los contratan -corruptos que omiten inspecciones o pasan por alto defectos- y hasta la mediocridad e incapacidad generalizada del mexicano.

Pero si poco días después la propiedad siniestrada es un edificio de súper lujo de decenas de pisos en Dubai donde se alojan los más ricos de los ricos y sin que hasta este día haya algún grupo terrorista que se adjudique el fuego; algunos –sería demasiado pretencioso decir que todos- se empiezan a preguntar ¿que pasa en el mundo, donde los muy malos, filman a católicos, quemados vivos a manos de grupos extremistas y la nevadas del hemisferio norte, sobre todo Estados Unidos y Canadá, son también causales de muerte o en el sur con volúmenes incontrolables de agua buscando salida aun cuando el precio sea llevarse como basura, calles, coches, casas y todo lo que el ser humano ha puesto en lo que alguna vez fue su cauce?

Los pseudo profetas, nos dirán que se están cumpliendo las profecías mayas que vaticinaron el fin de un planeta sembrado de odio, materialismo y miedo. Con todo y la ensoñación que produce el confundir lo creado con el creador y hacer de las piedras, el sol, las estrellas y la naturaleza en general motivo de adoración, tanto los seguidores de los antiguos pueblos prehispánicos o sus equivalente en el Asia y África con sus pirámides circulares que al igual que los edificios de grandes alturas del presente siglo; querrían alcanzar el cielo, para evitar las consecuencias de cambios climáticos –aumento incontrolable de calor, deshielo de los polos, sequía alternada con inundaciones- desastres por cuestiones cósmicas –aerolitos y cometas que se acercan, nos impactan o nos enferman por sus radiaciones- y todo lo cual producirá tribulación y desesperación en diversos niveles geográficos y de convivencia.

Al igual que las llamadas profecías mayas -7, 10 o más según el autor de cada estudio- los seguidores del cristianismo asumen el final del planeta, ya no por diluvio, pues Jehová prometió que nunca mas nos destruiría con tal castigo; pero al fin y al cabo por la suma de todos los efectos de torpezas humanas derivadas del abuso, la avaricia, el engaño, la necedad, en suma de su vanidad.

Si aun los elefantes conservan una memoria histórica que les ha permitido determinadas conductas y reacciones a lo largo de los siglos, tienen en su esencia el recuerdo de sequías o densos monzones, no es extraño que los mayas, que al parecer derivado de la sobrepoblación se vieron obligados abandonar sus costosas residencias y templos, ¿porque no lo haría el humano de siglo XXI, cada vez menos pensante, mas dependiente de la tecnológica que ha inventado y que le esclaviza igual o peor que sus amos de anteriores momentos de la humanidad?

Hoy los dueños de la ciencia y la técnica avanzada, aun con la sonrisa y la audacia de personajes como el fundador de Apple que a tantos maravillaron; con todo y su oferta de comodidad, precios bajos y comunicación, no han podido erradicar el odio y los efectos bélicos y de confrontación en general por emociones, como la envidia, intrínseca en un materialismo cuasi diabólico que no terminó el 22 de diciembre del 2012. Ya pasaron más de dos años, salvo excepciones muy particulares la humanidad parece continuar en el camino de desaparecer como especie pensante pues se dirige a la auto-destrucción sin mayores visos de integración armónica con el universo del cual algunos postulan “somos parte” en una visión equívoca como alguna forma de imaginar que trascenderemos –por reencarnaciones múltiples- a la muerte inexorable.

Prácticamente todos lo ritos religiosos, particularmente si el liderazgo lo maneja algún grupo o persona afecto a sembrar el terror en la emoción de la gente, describen un fin del mundo que para castigar, abre los cielos y destruye la tierra. Esto en parte es verdad y prende básicamente por la culpa adherida a quien mal obra; pero es verdaderamente perverso omitir que además de las guerras, catástrofes, accidentes, plagas, provocadas por el actor humano, el Ser que ha creado el universo: ama, es solidario y “no desea la muerte del infractor sino que se arrepienta y viva”[1]

La buena nueva cristiana, no supone que por la comercialización de misas, limosnas, donativos para promover grupos famosos de alabanza y tantos otros ritos derivados de la mente terrícola, eludiremos “el fin del mundo”[2]. La Biblia, el libro más divulgado en toda la historia, postula un nuevo cielo y una nueva tierra. En ninguna parte habla del fin del mundo, sino de los tiempos donde todo será transformado por gracia por la resurrección de Cristo. Estos nuevos tiempo, no han sido revelados en cuanto a la métrica humana[3], los que lleguen no lo harán por la mediación de ningún cura, pastor, predicador o religioso de cualquier expresión como las que han proliferado ahora que el ser humano niega a Dios, cuestiona las enseñanzas ortodoxas, aunque se allana, sin más atributo que la antigüedad a prácticas religiosas primitivas. En la confusión de estos tiempos casi todos ignoran que al siguiente mundo, no se llega por el hecho de morir sacrificado por fuego, auto-inmolado con cinturones de explosivos o por seguir de manera irracional lo que un mercadólogo religioso nos vende en campañas excitantes o en medio de una espera –pasiva o llena excesos porque “al fin y al cabo Dios no existe y hay que vivir el hoy”- con fechas equívocas manejadas por “iluminados religiosos” dispuestos a engañar incautos que en vez de estudiar con la humildad socrática[4] sucumben a discursos engañosos y manipuladores.


UNA COLORADA (vale más que cien descoloridas)

Lilia Cisneros Luján

El Amor

9 de febrero de 2015

En tiempo de profundas contradicciones donde los medios por igual y con la misma cara de, yo estoy aquí para actualizarte o amedrentarte[1], empiezan una campaña global acerca del amor, es pertinente revisar que significa realmente amar.

En dicha publicidad somos invitados, por no decir manipulados para gastar: adquirir chocolates, bombones, flores, cenas con velas, paseos a playas paradisíacas incluso a cambiar el coche, todo ello para demostrar nuestro amor, a la pareja[2] -novia, esposa, amiga con derechos en turno, lo que antes se llamaba “segundo frente”- compañeros de clase o trabajo a propósito de la globalización de dicha festividad dedicada al recuerdo -desde el siglo XIV en los países anglo sajones- de San Valentín.

Aun cuando no hay una versión unificada se reconoce a un sacerdote de este nombre que a inicio de la era cristiana osó oponerse al emperador romano Claudio II, quien prohibió los matrimonios entre jóvenes a partir de la necesidad de ellos para la guerra. Como todo mito también se habla de una estratagema de la iglesia católica para borrar de la mente social politeísta del imperio romano de occidente la celebración de la lupercalia, festividad greco-romana dedicada a cupido[3]. Sea cual fuere el origen, el 14 de febrero, parece estar siempre vinculado con el amor pero ¿Qué es el amor? Las definiciones son vastas y tratadas de diferente manera por especialistas de las emociones, lo erótico, lo científico, lo social, lo artístico, filosófico y hasta lo espiritual.

Parece haber coincidencia en el hecho de que el amor, implica una cierta forma de afinidad que supone por igual asexualidad –el amor platónico, el gusto perenne por alguna expresión artística o la evolución del primitivo instinto de supervivencia que hace a algunos grupos a reverenciar sus símbolos bélicos o nacionalistas- que sentimientos vinculados con la empatía, el apego y afecto de donde pueden expresar actitudes, emociones o experiencias que van desde la compasión por el otro; pasando por el afecto y la bondad hasta llegar a extremos eróticos de toda clase.

Pero más allá del amor pasional y el deseo de intimidad del llamado amor erótico, a lo largo de la historia ha prevalecido la devoción y unidad del considerado amor religioso, que quizá con más fuerza que sus otras manifestaciones llega a ser irresistible y fuente de muchas creaciones pictóricas, musicales y videográficas pero; por eso mismo si no hay aproximaciones integrales a éste tipo de amor, las posibilidades de control y manipulación de los creyentes se dan con mayores riesgos.

Prácticamente todas las religiones hablan del amor, aunque es la cristiana –en todas sus variables- la que convierte a éste en el centro de todo. No sólo por ser una característica divina que el creador ofreció a sus creaturas como una semejanza más, sino porque en realidad, el amor no se considera objeto sino sujeto. La fuente de esta aseveración es la Biblia que en su contexto, además del muy conocido capitulo de la carta de Pablo a los Corintios[4], nos deja declaraciones por demás osadas como la contenida en el evangelio de Juan –el amor verdadero no es que nosotros amemos a Dios, sino que el nos ama a nosotros a grado tal que envió a su único hijo para salvarnos- y que El mismo es amor, pues tiene la capacidad de amar hasta las últimas consecuencias como sería la muerte.

En pleno sigo XXI, cuando hablar de estos temas se considera fanatismo, retrazo intelectual o inmadurez emocional, la humanidad agobiada por diversos excesos de conducta, elude el tema por el temor de enfrentar a un Dios anticuado, senil, aguafiestas y enojón. Y bueno otra de la características de Dios es la justicia y, por más que se quiera eludir, la sentencia que nos persigue desde el inicio de la creación misma es que “la paga del pecado es muerte” quizá por ello le tememos a la muerte de la misma manera que le damos la vuelta a la justicia; pero podemos experimentar la abundancia del amor de Dios, en un sin fin de expresiones que no requieren de una estampa, ni una tarjeta de corazones, ni una caja de chocolates o un globo decorado para este mes del amor y la amistad.

Quizá crecimos en familias en extremo victorianas, poco expresivas y sin sentimientos agradables y dulces y aun peor tal vez fuimos víctimas de líderes “religiosos” que en aras del amor nos dañaron; pero El –no los humanos que dicen representarlo- nos ofrece una relación donde nos sintamos seguros y confiados. Una expresión benéfica y no en nuestro perjuicio, porque el amor verdadero desecha el temor y nos permite caminar en libertad plena. Aun cuando hayamos hecho votos de fidelidad en la duras y en las maduras, el amor humano imperfecto como es, un buen número de veces olvida lo expresado en un templo; en cambio el amor de Dios es sin reservas, todo lo puede, todo lo perdona y en la libertad que entraña nos permite recibir y dar, más allá de la violencia física o emocional que en algún momento nos haya victimizado.

Si sobrepasamos las malas experiencias de esta vida y nos atrevemos a probar el verdadero amor no hará falta que uses el producto de tu trabajo para comprar –flores caras, chocolates a punto de caducar o cuartos de hotel con sobreprecio- aun cuando no quieras o no puedas hacerlo. Sí existe el verdadero amor, más allá de santos, tarjetas y comercio transnacional. Quienes lo han conocido lo siguen compartiendo aun después de su muerte física.[5]


UNA COLORADA (vale más que cien descoloridas)

Lilia Cisneros Luján

El duelo

2 de febrero de 2015

Es fácil comprender que los padres de los dos japoneses decapitados por musulmanes jihadistas, los que enviaron a sus hijos a estudiar en una normal pública del estado de Guerrero, otros que luego de un periodo de búsqueda descubren el trágico fin de jóvenes previamente secuestrados y, aun aquellos que sin importar la edad fallecieron como resultado de algún accidente, tienen en común el afrontar lo que tanto psicólogos como tanatólogos e incluso líderes espirituales de diversas creencias, consideran la más dolorosa de las pérdidas. Si el final de la vida va aparejado con cualquier tipo de violencia –sorpresa, evento inesperado, padecimiento inexplicable o acción malévola de terceros- el proceso posterior a la muerte de aquel a quien se ama se complicará para sus más cercanos.

El dolor por la pérdida es un ciclo normal, como lo sería comer si se siente hambre, beber si lo que falta es agua, huir si se percibe amenaza, defenderse cuando se sabe vulnerable. En la euforia de una sociedad viviendo de prisa –se come de prisa, se habla al tiempo de caminar o conducir el auto- no es fácil detenerse para interiorizar las emociones y menos aun si son dolorosas, como lo es la ausencia perenne de un hijo, sobre todo para quien llevó esa vida en el vientre durante 9 meses, alimentándolo posteriormente con su propia esencia.

Así como frente al problema de la obesidad ocasionada por una oferta alimenticia inadecuada se ofrecen gimnasios, aparatos de ejercicio y hasta dietas milagrosas; manejar la tristeza, la ira, el miedo, la emoción, en suma el duelo que resulta de la muerte de un ser querido ha dado lugar a cientos de modelos de intervención y estrategias terapéuticas grupales e individuales. ¿Aliviarán estas opciones a las madres de los bebés calcinados en una guardería de Sonora, los no nacidos como resultado de una deficiente atención obstétrica o los recientemente fallecidos por la explosión en un hospital de Cuajimalpa? Los servicios gratuitos que en algunas comunidades se ofertan ¿de verdad son indudablemente profesionales? ¿Sabía Usted que en todo el mundo son las mujeres quienes más fácilmente admiten el dolor derivado del fallecimiento sobre todo si trata del vástago? ¿A dónde se dirige un adulto mayor –principalmente el masculino- que ha perdido a su pareja? ¿Serán suficientes 15 sesiones como lo ponderan los organismos públicos de países como España?

Algunos centros de naciones en vías de desarrollo apenas cuentan con sillas y un pizarrón; las salas de yoga –dotadas de colchonetas, pelotas, cinturones, bloques etc.- ofrecen posibilidad de “soltar” “meditar” y encontrar la paz a grupos con capacidad de pagar mensualidades más o menos razonables y habrá quienes se acerquen a un psiquiatra o tanatólogo privado pero nada “ni el tiempo que todo lo cura” llenará el hueco que queda, sobre todo si el que murió era un hijo joven que de acuerdo a “las leyes naturales” enterraría a su padres y no viceversa. De la misma manera en que se duerme cuando nos abruma el sueño, llorar es normal si el dolor nos agobia ; sin embargo lo mismo frente a la muerte súbita –accidente, síncope inesperado, acción violenta de terceros etc.- que ante la agonía[1] el o los que se quedan estarán en el camino de superar sanamente los efectos de la ausencia, tanto en el ámbito psicológico[2], como en las circunstancias específicas del deceso[3] y sobre todo en función directa de los recursos personales con los que cuenta quien debe continuar viviendo. Por supuesto la personalidad, el carácter, la salud mental, el grado de confianza en sí mismo o el haber “trabajado” otras pérdidas con apoyo profesional, hacen más probable la reinserción sana del sobreviviente al entorno social y personal específico de cada quien.

A pesar de la gran propaganda en contra de cualquier expresión de reconocimiento a lo divino, las personas con fundamentos religiosos, han demostrado estar en mejores condiciones para afrontar el dolor sobre todo si se trata de un hijo. Los grupos de pertenencia con un cierto grado de similitud cultural y ética –amigos, profesionales afines, iglesia, personas que han sufrido experiencias similares- son quizá las mejores posibilidades de apoyo y consuelo sobre todo si el contexto familiar entorpece la elaboración del duelo[4].

Continuar enojado conlleva a exigir lo imposible –que estén vivos, vengarse de aquel a quien se supone culpable, convertir la muerte en vez de la continuidad de vida en la “razón” suprema, sumarse a la violencia etc.- y sobre todo conduce a la autodestrucción o la destrucción del otro. Lo primero que cada quien debe asumir en un periodo de duelo, es el ánimo de recuperar o mejorar los hábitos que nos permitieron llegar al punto de la actual existencia. Los que secuestran, mutilan, decapitan, provocan la enfermedad del otro –por conducción al alcohol o las drogas, golpes, maltrato psicológico, desatención espiritual o física- tienen una mayor sensación de triunfo si el familiar afectado –madre, padre, pareja, hijo- no logra salir airoso de su duelo. Si Usted está en este proceso o conoce a alguien que sufre por la pérdida de otro, anímelo a reinsertarse a la vida y dejar solo en el archivo de la experiencia lo que la partida del ser amado le ha aportado. El cáncer, la hepatitis, las enfermedades raras, las guerras -por cuestiones económicas, raciales y hasta religiosas- parecen factores que alguien mueve hacia la extinción de la humanidad. Si es su caso, no disimule el dolor, evite convertirse en alguien inseguro, si es preciso admita apoyo médico en procesos depresivos y busque a su guía espiritual para recuperarse.

 

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